miércoles, 23 de noviembre de 2011

Los colores del odio.

En plena madrugada, un faro que recorre las aguas, divisa a lo lejos a seres humanos que tiemblan...les cuesta mantener los ojos abiertos, llevan horas abandonados al frío destino, la bravía costa los recibe, lamentos y lágrimas por llegar a tierra imaginada. Hambre, sed, sobrevivir y llegar. Así recuerdo las palabras de Moha, un senegalés que cruzó la frontera en busca de una vida mejor para él pero sobretodo para su familia. A día de hoy, sigue en costa almeriense, sin trabajo y por supuesto sin papeles, con la única esperanza de volver con algo que ofrecer a su país. ¿Su deseo? Un mundo sin fronteras. ¿El nuestro? Encontrarlo...

Todo comienza un 6 de Julio, en plena víspera de San Fermín, mientras todo el mundo cuenta las horas para el gran día, yo decido aventurar hacia un nuevo destino: Las doscientas; un barrio marginal de Roquetas de Mar, (Almería) donde el 95% de población es de raza africana. Voy como voluntaria con tan sólo cincuenta euros en el bolsillo y todas mis ganas de aprender de los demás. Por delante, me esperaban quince días donde descubriría mil trescientas razones que me llevarían a catalogar esta experiencia como la mejor de toda mi vida. Mi labor era compartir mi vida con los africanos y enseñarles nuestro idioma. Con la excusa de explicar cómo se conjugaba el pretérito imperfecto del verbo ser, establecíamos un espacio de relación que a medida que fueron avanzando los días, ellos lo aprovechaban para expresar sus inquietudes, problemas y angustias, sin dejar de mostrar su “blanca” sonrisa de oreja a oreja. Se creaba por tanto un lugar donde ellos podían romper con la rutina diaria y olvidar, aunque sólo fuera por un segundo, el color de su piel. No me equivoco afirmando que buena parte de mí se quedó con ellos.
Son más cosas las que nos unen a esas personas, que lo que nos separa y, sin embargo nos empeñamos en ver esas pocas diferencias, diferencias que causan daños porque al fin y al cabo, todos somos humanos e iguales; Echando la vista atrás, nos remitimos a la esclavitud que, aún hoy, sigue conviviendo en algunos países, o a los Estados Unidos de los 50 donde se separaban a blancos y negros, dando sentido y significado al mayor lastre del ser humano: El racismo.

En el artículo número uno está escrito: Nacemos libres iguales en derecho y dignidad... ¿Por qué es tan difícil llevarlo a cabo fuera del papel? Ningún ser humano puede ser ilegal, lo ilegal es que el ser humano no tenga dignidad. Cuando la bestia racista siente odio y rabia, cuando la fobia se contagia y hierve acusándote de no ser igual, cuando en un mundo global el buscar comida en otra tierra te convierte en ilegal, cuando la hipocresía tapa sus ojos y sus oídos, cuando sólo ven la piel y se olvidan de mirar al corazón, racismo y marginación juegan a la par en un mismo papel. Una realidad que inevitablemente nos lleva a no conseguir la paz que tanto ansiamos...
Nunca tantos colores fueron motivo de tanto odio, tantas injusticias y tanto dolor. Concluimos este ensayo con una frase de Juan Pablo II que decía así; “ Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra , aún siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz sino viene acompañada de equidad, verdad, justicia y solidaridad”

Evolucionar significa aceptar diferencias y, si el ser humano no es capaz de ello, se caerá en el error de la retroevolución, es decir, dar un paso atrás en vez de adelante. La única lucha que se pierde es la que se abandona; Luchemos ahora y siempre por un mundo sin fronteras.
 


*Isabel Guerra y Paula Sánchez*

1 comentario:

  1. un trabajo perfecto con una compañera mas que perfecta...muaaaaaaaaak!!

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